En 1531 un italiano, diplomático, funcionario, filósofo, político y escritor, considerado el Padre de la Ciencia Política Moderna, escribió un libro de crítica hacia los Médici, que se convirtió en un tratado práctico sobre política, lectura imprescindible para aquellos que aspiran a desenvolverse como políticos; ¿su nombre? Nicolás Maquiavelo, ¿el libro? “El Príncipe”.

En esta obra, que creo difícil hayan leído Carmen Salinas y Cuauhtémoc Blanco, entre decenas de otros, se establece que hay dos clases de políticos: los que viven para la política, y los que viven de la política.

Lo segundo no es criticable siempre y cuando lo hagan razonablemente para vivir con comodidad, sin lujos. Pero a la gran mayoría de los que forman la clase política en México, este concepto les ha entrado por una oreja, y salido por la otra.

Así como Maquiavelo en Italia, en México también don Benito Juárez, tuvo lo suyo, ya que instruyó a sus colaboradores acerca de que no deberían gastar el dinero del pueblo para vivir con lujos; deberían tener asignado un sueldo austero.

Y ahora me pregunto ingenuamente: ¿a cuál categoría pertenecen nuestros políticos? Es un insulto ver cuánto ganan los Secretarios del Presidente (en el Poder Ejecutivo); las exhorbitantes cifras que se asignan los diputados y senadores (en el Poder Legislativo), y el colmo de la injusticia, lo representan los ministros de la Suprema Corte (Poder Judicial), que se despachan con la cuchara grande. Y todo ello sin contar con los bonos, las prebendas, las canongías y los “cochupes”.

Un Procurador de la República que ostentosamente maneja un auto de cuatro millones de pesos, es no tener progenitora cuando en nuestro país hay más de 50 millones de pobres (declarado por Enrique Peña en su reciente informe). ¿Sabemos cuánto es la miseria que gana un jornalero en nuestro campo?

¡La clase política ya nos tiene hartos! ¿Hasta cuándo, México sufrido, vamos a aguantar?

¿Quién será el que le ponga el cascabel al gato?