De nuestros guardianes

No recuerdo con exactitud el año, pero era en la segunda parte de los 40. En compañía de mi madre fuimos a visitar a una de sus más antiguas y queridas amigas, que tenía su domicilio en la colonia Guerrero del Distrito Federal. Al término de la visita, caminamos unas calles para abordar el “camión” que nos llevaría de regreso a casa.

Al pasar por una de las tantas y típicas vecindades de esa colonia, observamos un gran movimiento de gente, luces, cables y desde luego, voces. Nos sorprendimos al ver que se trataba de la filmación de una película, una más de las que formaron la “época de oro” del cine mexicano. ¿La película? (después sabríamos su nombre) fue “Un rincón cerca del cielo” protagonizada por Pedro Infante y Marga López.

Pero mi comentario no es acerca del cine mexicano, sino de algo muy curioso que se veía no sólo en las películas de Pedro Infante, también en las de Cantinflas, Tin Tan, David Silva o Resortes. ¿A qué me refiero? Pues a que en la mayoría de las películas con tema urbano de la época, siempre aparecía un personaje singular: el policía de barrio. Todo el barrio o colonia lo conocía, lo respetaba y buscaba su ayuda; se le tenía confianza. ¿lo recuerdan los que nacieron en esa época?

¿Y qué otro personaje no podía faltar en las películas? Pues el agente de tránsito, con un uniforme de color diferente a los de la policía; de color beige o “caki” con vivos cafés, por lo que se les llamaba “tamarindos” y que subidos sobre un banquillo de madera, dirigía el tránsito vehicular, a falta de semáforos. Los conductores respetaban y seguían sus señales que ejecutaban con sus brazos y manos, ayudados de un silbato.

Y un último recuerdo: en las colonias populares, por las noches, se escuchaba el cabalgar de la Policía Montada, que imponía respeto y ofrecía seguridad. Estos tres ejemplos/recuerdos, me sirven no sólo para añorar esa época romántica, sino para destacar un común denominador: el conocimiento y la confianza hacia los representantes de la ley, y la respuesta positiva de los mismos.

En la actualidad, dirán muchos que no hay comparación pues hoy somos cien millones de gente más en México y más de quince en la ahora llamada Ciudad de México, la población en general a quien menos confianza le tiene es

precisamente a nuestros policías, me atrevo a decir que en toda la República, que se han vinculado, con sus honrosas excepciones, al crimen organizado, convirtiéndose en secuestradores, traficantes de drogas y brazo armado de los cárteles. ¿Quién en plena conciencia confía en ellos?

Las autoridades deben dejar de hacer política barata y atender a las necesidades de la población, y qué digo necesidades, atender al derecho que la ciudadanía tiene de sentirse seguro; de poder caminar por las calles con toda tranquilidad, de poner coto a los raterillos y asaltantes en centros comerciales, mercados y aún en vías de comunicación con elevado tráfico.

¿Que es una labor difícil? ¡claro que lo es!, pero para eso les pagamos a los servidores públicos. Basta ya de delitos menores que impiden meter a la cárcel a los delincuentes cotidianos. ¿No hay quién escuche el clamor de la tan castigada sociedad?

¿Quién será el que le ponga el cascabel al gato?