Raúl Carballeda

Cuando era pequeño o joven adolescente, empezamos a sufrir las luchas generacionales (como ha sido por siempre), particularmente con los avances tecnológicos. Sin embargo, creo que dichos aspectos no eran tan drásticos, aun cuando afectaran en mucho la vida cotidiana.

Por ejemplo, en mi casa paterna, como en muchas otras, no había teléfono, y era común para los no “fifís” (como dice el folclórico), hacer y recibir llamadas en las tiendas cercanas o en los domicilios de los vecinos con mayor poder económico que contaban con esa facilidad. La televisión apenas llegó a mediados del Siglo XX y era común que en algunas vecindades y en algunas casas habitación, se cobrara una pequeña cantidad para poder ver algunos programas. Los juegos olímpicos del 68, por ejemplo, fueron la primera transmisión a color en México en donde se pudo observar la rechifla del público al entonces presidente 5, cuyo “Tlaltelolco” era muy reciente. 

En la época de los 50, yo aprendí algunas expresiones del “caló”, que era un modo de expresarse de un grupo muy local del Distrito Federal, con mis compañeros de la Prevocacional 4 del IPN localizada en la calle de Peralvillo, con mis “cuates” de Tepito y de la Lagunilla, y donde gracias a mis “ñeros” yo podía transitar libremente con “las baisas” en “las buchacas” por los barrios de Peralvillo, Tepito y La Lagunilla.

Si comparamos esa época en la que el lenguaje de Cervantes aún se respetaba, (y cómo en algunos círculos era ligeramente transformado), con la forma de expresarse de la niñez-juventud actual, nos enfrentamos a una triste, escabrosa y lastimera prostitución de nuestro lenguaje. La forma de comunicarse por las redes sociales, a las cuales nosotros, los de la juventud acumulada, tenemos que aceptar, a veces adoptar, so pena de volverse un ente aislado, es verdaderamente lastimoso.

Si los jóvenes de hoy leyeran por lo menos un libro al año (conozco algunos que exceden esa cantidad), pensaría que vamos bien; pero si además de no leer, no escriben, estamos jodidos (jodido = roto, estropeado, lastimado, según una de sus acepciones en el diccionario). Basta ver el nuevo lenguaje en whats app, facebook, instagram, twitter y otros, para darse cuenta que, si no hacemos una inversión a esta tendencia, los viejitos corremos el riesgo de auto aislarnos o que nos aíslen más de lo que nuestros amigos, hijos o nietos pudieran querer o hacer aun sin quererlo.

Aquí algunos ejemplos: Ahnuma; Peke; Bro; Khestapasanda; Obvi; Shiquita; Crush y otros muchos más, algunos de los cuales no sería decente reproducirlos en este espacio.

Pero lo más grave y aún más espectacular, si esto continúa, será que nuestros actuales niños-jóvenes ya no sabrán escribir, en consecuencia, ya no sabrán leer y finalmente serán una generación de mudos. (No faltarán los que digan: ¡bájale!, y acepto que pudiera ser una exageración).

Conozco uno que no sabe hablar, hilar tres o cuatro oraciones seguidas, sin haber utilizado nunca las redes sociales. Este caso es sui generis; imagínense ¿cómo estaremos si seguimos como vamos? ¿Quién será el que le ponga el cascabel al gato?