DEL ESPECTÁCULO CIRCENSE

Raúl Carballeda

Cuantos de nuestra generación pueden aún recordar los espectáculos circenses a los que nos llevaban nuestros padres o bien nosotros llevando a nuestros vástagos. Niñez disfrutada simple y sencillamente que comenzaba por salir en compañía de hermanos, padres y aún abuelos hacia las grandes carpas del Circo, algunas ocasiones no en las carpas, sino en grandes locales acondicionados para tal efecto, como lo era la Arena México en el otrora Distrito Federal. ¡Qué épocas aquellas!

Llegar al circo a ver el zoológico propio, donde se podían ver y admirar en vivo a animales, algunos de ellos actuarían más tarde como parte importante de la función circense: leones, tigres, panteras, elefantes, jirafas, camellos, changos,   chimpancés, caballos, cebras y asnos. Luego, introducirnos a la carpa donde ya se estaban preparando los artistas que actuarían en una pista, o en dos pistas y en los circos más grandes, hasta en tres pistas: contorsionistas, motociclistas, el hombre bala, trapecistas, domadores y, por supuesto, los infaltables payasos.

Los grandes circos de épocas que ya se fueron y que se pudieron admirar en México: El Ringling Broos and Barnum & Bailey Circus, de los Estados Unidos fundado en 1919; el Gran Circo de Moscú, que data de 1880, el más moderno Cirque du Soleil, fundado en Montreal, Canadá en 1984 y por supuesto, de los múltiples circos mexicanos, quizá los más renombrados el Circo Gasca y el Circo Atayde, este último con más de 130 años de historia. 

La alegría que se fue debido a una ley que prohibió que los animales fueran utilizados (y muchas veces maltratados) en las funciones. La alegría que se perdió para los chiquitines que sonreían hasta las lágrimas con las actuaciones de los payasos, cuyos nombres se me hace difícil recordar, algunos de ellos Cepillín, Boso, Lagrimita, Chicharrín y de los más recientes, Chuponcito y Platanito, y sobre todo, los inolvidables enanitos, representantes de cientos de ellos que dejaron dulces recuerdos en nosotros, los pequeñines y en nosotros los de la tercera edad.

 De toda la estructura del circo, me quedo con los payasos, que, si bien no recuerdo los nombres de los antiguos, hoy estamos viviendo una época en la que los actuales actúan sin ningún reparo; y si no, veamos:

No habrá gasolinazos, la gasolina no va a subir; bueno, sí, pero poco. Los diputados pueden bajar el precio; sí, pero se requiere un presupuesto para obras sociales. Los expendedores tienen la culpa de que la gasolina no baje de precio. Total, Una payasada.

Otra: se cancelará la reforma educativa y no quedará ni una sola coma de ella; bueno sí, pero la modificaremos poquito. Los aliados de la CNTE se voltean y amenazan. Bueno, “si no quieren la reforma, dejamos la anterior”. Otra payasada.

Otra: el payaso Jimenín, no supo ni por donde le pegó hasta con la chancla Soledad Luévano senadora de Morena por Zacatecas, que valientemente lucha y defiende a su estado. Una triste payasada.

Otra: aquí en lo bajito, aumentaré el número de ministros de la Corte a dieciséis; (ya tengo dos de los míos) y si “el pueblo sabio” quiere que me quede, pues modifico la Constitución, ya tendré a mis subordinados e incondicionales que darán el voto. Total, “al diablo con las instituciones”. Otra peligrosa payasada.

Una más reciente: declara Barak Obama que la construcción de muros, como el caso de Trump, la hacen las personas con miedo. “Opino lo que diga mi dedito”, bueno, así hablan los “estadistas” en México. Otra ridícula payasada.

Y la última para terminar: una periodista pregunta: “¿en el caso de lo que comentó sobre México la comisionada Bachelet de la ONU?”; respuesta: “vamos a batear, antier fui al campo de la UNAM, a tranvías no fui, no puedo practicar como debe ser, había mucha gente y me fui y estuve bateando bien” . ¿Habrá alguna payasada más ridícula?

Ante tanta payasada ¿Quién será el que le ponga el cascabel al gato?