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TRUMP: DE LA AMENAZA A LA REALIDAD.

Existe un ángulo casi desconocido o no valorado por los especialistas en el diagnóstico y diseño de las políticas públicas que es necesario visibilizar: el factor de la subjetividad social. Para nadie resulta desconocido que la campaña de 2024 del candidato presidencial Donald Trump tuvo como uno de sus ingredientes centrales radicalizar los sentimientos nacionalistas de la sociedad estadounidense contra los inmigrantes.

No existe duda que esa retórica resultó clave en el triunfo electoral de ese candidato. Pero, lo realmente preocupante es que ese discurso despertó y alimentó en la sociedad los sentimientos de odio y discriminación contra los inmigrantes. Su impacto echó raíces peligrosamente en la conciencia social estadounidense y ha terminado por convertirse en una fuerza movilizadora no sólo de los grupos sociales más conservadores de esas sociedad, sino también de sectores que antes mantenían ciertos niveles de tolerancia hacia los inmigrantes; además, el clima social se ha enrarecido tanto que, numerosos latinos hoy comparten y justifican esa ideología, aceptando con extrema tolerancia las amenazas y el discurso discriminatorio contra ellos mismos; pero, lo peor no es eso, sino la materialización de ese discurso en la conciencia social al grado de reavivar algunas manifestaciones de odio y rechazo que intensificarán la violencia racial e incluso, que pueden ir más lejos. En esta coyuntura, la discriminación y la violencia contra los inmigrantes es ya uno de los sellos de ese régimen de gobierno.

La ideología nacionalista del primer periodo presidencial de Donald Trump logró echar raíces en la sociedad estadounidense, y hoy esa ideología se ha convertido en un poder social que moviliza la conciencia y que no se logrará frenar con los argumentos tradicionales. Esta ideología discriminadora es ahora más peligrosa porque se ha liberado de todo freno legal y moral hasta cristianizar en una estructura social de movilización amenazante, preparada y dispuesta a actuar como un poder autónomo; esto es tan nítido que ya es un rasgo inherente al régimen del régimen trumpista. Desde México, tener claridad de ese proceso resulta estratégico y urgente, sobre todo, porque el impacto de ese discurso aumentará en intensidad y causará, entre los connacionales, incertidumbre, dolor y sufrimiento, cuyas manifestaciones irán más allá de la deportación masiva. Para clarificar su impacto, baste reconocer que ese daño ya era inevitable, aunque hubiese favorecido el triunfo electoral a la candidata presidencial del Partido Demócrata Kamala Harris; es decir, en lo coyuntural esa ideología supremacista por ahora ya no tiene retorno, por el contrario, es un nuevo rasgo de la sociedad estadounidense que hay que tomar en serio.

Para profundizar en ello: cuando en el primer periodo de gobierno Donald Trump empezó a amenazar con la construcción en la frontera entre México y Estados Unidos de un muro para frenar la inmigración, hubo mucha tinta sobre la extensión del muro y otros aspectos similares; pero, lo que no se reflexionó lo suficiente fue su significado social. En efecto, ese muro se materializó en una ideología fomentando la idea perversa de que había una invasión de inmigrantes y un peligro que debía ser frenado, incluso, utilizando la fuerza militar. Esa retórica fue la que llevó al ejecutivo a emitir la declaración de zona de emergencia y con ello evitar que los migrantes buscarán la protección de sus leyes. Se trató y se trata de una política de crueldad tal, que el mismo Trump lo confirma cuando indica que evitará la separación de familias en las deportaciones, y que la misma se aplicará a los hijos de inmigrantes que hayan nacido en territorio estadounidense. Ya está en proceso de aprobarse la “Ley Laken Riley” que pretende deportar de manera expedita a los inmigrantes sin que tengan que solicitar la intervención de un Juez; ya se han dado las primeras detenciones de inmigrantes con ese objetivo.