Durante la colonia, la corona española otorgó títulos a criollos y peninsulares adinerados de aproximadamente 80 familias de la Nueva España; el ejemplo más
destacado fue el Marquesado del Valle de Oaxaca a Hernán Cortés, en Zacatecas el Condado de San Mateo de Valparaíso a Don Fernando Antonio de la Campa y Cos y el Condado de Santiago de la Laguna a Don José de Urquiola.
Aunque en 1821 logramos nuestra independencia, en julio de 1822 coronamos en la catedral a Iturbide como el primer emperador de México. Su imperio solo duró
ocho meses caracterizado por una fastuosa corte con tintes monárquicos europeos, la creación de títulos nobiliarios, ceremonias suntuosas, la
conformación de una guardia y símbolos imperiales.
La inestabilidad económica y la falta de apoyo político provocaron que en 1823 Antonio López de Santa Anna obligara a Iturbide a abdicar y exiliarse; pero
también Santa Anna se sintió de la realeza, obligó a que lo llamaran “su alteza
serenísima”.
La Constitución de 1857 prohibió los títulos nobiliarios y los honores hereditarios, pero en 1864 llegó Maximiliano y nuevamente se estableció una corte imperial
caracterizada por un estricto protocolo, alta aristocracia y fiestas de lujo; a los nietos de Iturbide se les otorgó título de príncipes.
El libro de ceremonial de la corte de Maximiliano y Carlota regulaba desde el vestuario hasta el comportamiento en eventos, lo cual fue aceptado por la
aristocracia mexicana.
Tras el fusilamiento de Maximiliano, Juárez proscribió estos lujos, pero en las tres décadas del porfiriato se impuso nuevamente en la élite mexicana la profunda
influencia cultural, artística y social de Francia que pretendía modernizar al país bajo los ideales de la Belle Époque.
Esa influencia se manifestó en la arquitectura, la moda, la gastronomía y la educación convirtiendo a la Ciudad de México en un reflejo de París y dejando de
lado la influencia española, pero la división social se acentuó ya que la mayoría de la población vivía en la pobreza.
El triunfo de la revolución campesina no erradicó del todo esta inercia, los primeros presidentes post revolucionarios siguieron viviendo en el Castillo de
Chapultepec, Cárdenas construyó una residencia oficial de casi seis hectáreas, los carruajes se sustituyeron por coches descubiertos escoltados por cadetes, las salutaciones en palacio siguen vigentes, en fin, hay cualquier cantidad de vestigios de la época monárquica.
En las provincias este fenómeno se manifiesta de otras maneras, por ejemplo en los pueblos se coronan reinas y princesas pomposamente llamadas “su graciosa
majestad” o “su alteza real”. Otro ejemplo son las fiestas de 15 años, las muchachitas ataviadas con vestidos de crinolina bailan valses austriacos flanqueadas por apuestos chambelanes, sin faltar el consabido discurso de los orgullosos padres que las presentan en sociedad como si fueran objetos
canjeables por una buena dote.
Como olvidar los 15 años de Rubí en diciembre del 2016, una jovencita de San Luis Potosí a cuya fiesta confirmaron su asistencia 1.3 millones de personas
invitadas por sus padres a través de las redes sociales. O los de Isela en agosto del 2025, una niña pepenadora de la Huasteca Potosina que tuvo un festejo muy
humilde y desairado, su padre pidió apoyo a través de las redes sociales y miles de personas se volcaron para organizarle un festejo más digno.
Pero los quince años del pasado sábado en Villahermosa desnudan los excesos de la nueva realeza tabasqueña. La quinceañera lució un vestido inspirado en un
modelo de Christian Dior; el maquillaje y peinado estuvo a cargo del estilista de las estrellas Alfonso Waithsman; la hostess fue nada menos que la presentadora
Galilea Montijo; la variedad estuvo a cargo de Belinda, quien viajó desde España para el evento; no podía faltar el colombiano J Balvin, ganador de un Grammy,
varios Billboard y premios Lo Nuestro; para bailar “Matute”; y para el recalentado del día siguiente, el imitador Gilberto Gless, entre otros.
La temática de la fiesta celebrada en el Centro de Convenciones fue Nueva York e incluyó réplicas de tiendas y restaurantes como Hermés, Sephora y hasta
McDonald’s. En resumen, el chistecito le costó al papá, Juan Carlos Guerrero Rojas, más de dos millones de dólares. ¿Y quien es este personaje? sí, un proveedor de Pemex que en la pasada administración sus 17 empresas recibieron contratos por más de cuatro mil millones de pesos. Ojalá que el ex Director de Pemex, ex Oficial Mayor del gobierno de la CDMX y actual Director del Infonavit, el agrónomo Octavio Romero Oropeza, nos pueda explicar sus nexos con este espléndido paisano suyo.

